miércoles, 15 de noviembre de 2017

Colonizando tierras a pie


Colonizando tierras a pie

Libia Tamayo es fundadora de la parte baja del nordeste antioqueño, donde llegó hace más de treinta años huyendo de la violencia

Por: Bibiana Ramírez  



Desde aquí le pertenece a doña Libia, por todo ese borde que ve allá. Ella fue de las primeras en llegar a esta región. A nosotros nos cedió una buena parte”, dice Gerardo mientras señala la montaña. “Y esto lo caminamos nosotros, ¿cierto Gerardo?”, dice Fany con una risa tímida. Gerardo también sonríe y dice que el camino casi no le rendía, Fany le refuta diciendo que no es cierto, que tenía un paso constante y ligero. Sonríen y siguen mirando por la ventanilla, tal vez añorando aquéllas épocas cuando se caminaban todo el nordeste, hablando de derechos humanos y abriendo trochas.

Vamos rumbo a la parte baja del nordeste antioqueño, veredas bastante alejadas de Remedios, pasando desde Martaná, Santa Lucía, El Pollo, donde hay una base militar, después por El Popero, Gorgona, Paso de la Mula, Plaza Nueva y Camelias. Hasta ahí llega la carretera. Cerca, no tan cerca, está el río Tamar que ya es límite con el Sur de Bolívar. Cuando llueve es posible que los carros se queden atascados en el lodo y los ríos se crecen hasta desbordarse, dejándolos incomunicados.

Entrando a estas veredas ya no es posible ver esa selva nativa y tupida que hay más adentro. Los madereros y la ganadería se han consumido gran parte de esta vegetación. Sin embargo hay monte para rato. Ya muchas familias están optando por cuidar lo que les queda porque saben que ahí está el agua.

Descubriendo montañas

Todas esas regiones fueron colonizadas por campesinos desplazados y pobres deseando salvar sus vidas, pues ya habían perdido sus bienes en manos de los paramilitares.

Libia Tamayo, que todos conocen como la abuela, fue la primera en entrar a la parte baja del nordeste y llegó allí, no porque quiso sino porque le tocó. Ella salió desplazada en 1983 de Puerto Berrío con su compañero, dos nietos y Gustavo, un trabajador. “En Berrío nos perseguían los Masetos, ¿los oyó mentar? Eran unos paras. Ellos nos hicieron salir de allá. Por aquí no conocíamos nada, ni sabíamos para dónde veníamos. Él dijo: ‘vámonos, salvemos aunque sea la vida’. A un poco de familias nos hicieron salir con un montón de niños y la mera ropita que llevábamos puesta”.

En el 84 lograron llegar, abriendo monte hasta Plaza Nueva. Hacían estaciones de ocho y quince días. Armaban algún ranchito de plástico o paja y ahí se quedaban mientras cogían energías para seguir. Eran tierras baldías. En Plaza Nueva se quedaron varios años. La subsistencia no era fácil, no había caminos, todos tocaba inventarlos.

“Nosotros vivíamos de la madera. El marido mío cortaba palos para llevarlos a Campo Bijao y luego a Barrancabermeja. Valía más el flete que la madera. Minería no se hacía. Después que se abrió la tierra fue que vino a aparecer. El revuelto nos tocaba cargarlo como a dos horas y en una mula, desde Remedios, traía la comida para nosotros. Cuando eso no había base militar en El Pollo. Esa base llegó cuando se empezaron a abrir caminos por aquí y llegó gente desplazada de muchos lados”.

Hasta ahí, Libia y su familia creían haber encontrado un lugar tranquilo. Cuando se creó la base militar, en los noventa, los soldados entraban por toda esa región. “Cuando ya se formó el caserío de Plaza Nueva, empezó el control de las comidas. Uno llevaba el bultico de panela para el mes o mes y medio y se lo recortaban a la mitad, así era con el arroz. Como en ese lado había guerrilla, nos decían que era para ellos. Comenzamos a mercar por Campo Bijao hasta Barranca por el río en johnson, pero era muy costoso y por ahí también quitaban los mercados, en Cuatro Bocas, donde salían los paracos”.

Atropellos del Ejército

Y la llegada de la base trajo consigo múltiples excesos con esos campesinos que buscaban un futuro en otras tierras. Cuando Libia vivía en Plaza Nueva, casi vivía a la intemperie. “Aquí comenzaron los sufrimientos con el Ejército. Ahí nos tocaba dormir en el monte casi diario. Un día nos tocó arrancar a toda carrera y dejamos todo, al otro día que volvimos estaba la comida regada en el patio, la ropa, las ollas estaban hundidas, a la máquina de moler le había volteado el tornillo. Y decía mi compañero: ‘esa gente sí es dañina’. Eso lo hacía el Ejército que era el que nos perseguía por allá”.

Cada quince días aparecían por cualquier lado de la montaña y siempre llegaban preguntando por la guerrilla. Los soldados se hacían cerca de la casa de Libia, a acampar. “Eso era cada momentico a pedir cosas, que si tenía gallinas, que si tiene tal cosa, tal otra que para que les vendiera. Pero nosotros que teníamos las cosas medidas, no podíamos”.

Años después se fue poblando esa región. Llegaron nuevas familias. Empezaron a abrir las carreteras. Tenían días tranquilos, cuando el Ejército no aparecía, pero otros días de alarma y temor, por ejemplo con los bombardeos que fueron constantes. “Por la finca de don Domingo el Ejército bombardeó a la guerrilla. Yendo para Los Bogotanos tiraron unas bombas por allá en la montaña. En La Gorgona también. Ya cuando estaban en proceso de paz también bombardearon y mataron a dos guerrilleros”.
Gerardo, Fany, Libia, fundadores de Cahucopana en la parte baja, empezaron a hacer denuncias, a interlocutar con el Ejército. Lograron que los dejaran tranquilos y se retiraran de esa zona, pero los militares se quedaron en la base.

Los conflictos cambian

Libia fue haciendo intercambio con esas tierras o a los que llegaban les cedía parte para que hicieran sus ranchos. Ella es fundadora de la junta de acción comunal, hace 27 años. “Yo toda la vida hice parte de la junta. Yo en todo tengo que estar menos en misa, así yo no hable, siempre estoy analizando y pendiente. A mí me acobija una timidez, mucha pena que me da. Me da miedo equivocarme”.

Ya se retiró de la junta porque dice que los años ya no le ayudan. Sin embargo está en el comité de mujeres. Pero ella misma asegura que la gente en esa vereda ha sido difícil de organizar. “Les gusta mucho el chisme y poco actuar”.

Se han presentado discordias en la junta. Además están llegando problemáticas que antes no se veían. “Aquí se están entrando marihuaneros, ladrones, atracadores por los caminos y ya no estamos tranquilos. Llegan encapuchados, como hace días a Plaza Nueva. Están robando ganado. Hace dos meses se le perdieron a Jeremías once vacas. A otro vecino le robaron una. No se sabe quiénes son”.
Libia ahora tiene una casa de madera, colorida y que sirve de tienda en Camelias. Es una líder querida y reconocida en toda la región. Algunos vecinos llegan a saludarla, a comprar algún fresco o a ver cómo está de salud. Ella, con su sonrisa tímida, los recibe y les da algunas noticias. El sol del medio día pega duro sobre los tejados de lata y la carretera de tierra. “Así, con ese sol tan bravo nos caminamos todo este nordeste”.



sábado, 11 de noviembre de 2017

Video - Memorias de la masacre de Segovia


Memorias de la masacre de Segovia

Por: Agencia Prensa Rural  




En noviembre de 1988, un grupo de paramilitares irrumpió en Segovia, Antioquia hacia las 6 de la tarde, durante 4 horas se pasearon por el pueblo asesinando a cuanta persona se cruzaban. El saldo fue de 45 muertos y un centenar de heridos. La acción se llevó a cabo en retaliación por el triunfo que había obtenido la Unión Patriótica en esa zona del país. Fue un escarmiento para la población por apoyar a candidatos populares. En 2011, Reiniciar, Cahucopana, ACVC y otras organizaciones sociales llevaron a cabo un acto en que recordaron la masacre. Durante este acto ubicaron un monumento para recordar a los mártires de Segovia en el parque central. Este video recoge algunas memorias de habitantes de Segovia que vivieron la masacre, sus recueros, su memoria, nos transportan a esas oscuras horas en que los paramilitares ante la mirada cómplice de la policía y el ejército perpetraron tan horrenda matanza.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Daños que el Estado no podrá reparar


Daños que el Estado no podrá reparar


Acto de reconocimiento a Cahucopana como sujeto de reparación colectiva en la vereda Lejanías, Remedios (Antioquia).

Por: Bibiana Ramírez 





Las lágrimas de Yineth se juntan con el sudor para recordar a los combatientes caídos. A Ramiro le tiembla la voz cuando recuerda a su compañera Marleny Giraldo. Amparo llora por su hija desaparecida hace 16 años. Macías hace memoria de sus seis hijos que le arrebató la guerra. Todos mencionan el nombre de algún campesino al que el Ejército quitó la vida.

La Corporación de Acción Humanitaria por la Paz y la Convivencia del Nordeste Antioqueño (Cahucopana) es sujeto de reparación colectiva, donde el Estado reconoce los daños causados a miembros de esta organización y el asesinato de 16 campesinos presentados como guerrilleros por el Ejército.

“Cahucopana declara que la población ha sido afectada de manera individual por un patrón de victimización configurado en los siguientes hechos victimizantes: desaparición forzada, ejecuciones extrajudiciales, homicidios, amenazas a la vida, la integridad y la seguridad personal, delitos contra la libertad sexual, desplazamiento forzado, lesiones personales, discriminación, tortura, tratos crueles, inhumanos y degradantes, detención arbitraria y estigmatización”, dice la resolución donde se declara a la organización como víctima.

Lo sucedido en el nordeste desde el 2000 está en los recuerdos de los campesinos como una herida imposible de cerrar. A raíz de tanta violencia, en el 2004 algunos líderes de la vereda Lejanías deciden conformar Cahucopana para hacer las denuncias y frenar tanto atropello. “No podíamos seguir dejando las tierras nuestras, entonces hablamos con la ACVC para ver qué podíamos hacer, para no estar de un lado para otro huyendo de la violencia. Hicimos la primera acción humanitaria y las primeras denuncias, con mucho miedo, pero las hicimos”, recuerda Fanny García, primera presidenta de la Corporación.

Lejanías

Braulio García, más conocido en la región como Rayito y uno de los fundadores de Cahucopana, estuvo liderando la defensa de la vida en esta vereda, cuando en el 2006 llegó el Ejército y se quedó un año en la entrada del caserío. “Llegaban aquí tratándonos mal, insultándonos, que nosotros éramos guerrilleros, que no éramos campesinos. Una vez nos cogieron un muchacho, lo tuvieron toda la noche, le metieron la cabeza en una bolsa plástica. Fuimos nueve a la base a reclamarlo. Me preguntó el sargento que yo quién era, le dije que defensor de derechos humanos, cambió la actitud y nos lo entregaron. Lo iban a matar. No pudimos salvar la vida de muchos otros”.

Rayito recuerda que saqueaban la cantina. Ninguna mujer podía dormir sola porque se le metían a la casa. “Usted aquí no podía salir alrededor del caserío, porque ahí estaban asustando. Estábamos como sitiados, suspendidos, no podíamos movilizarnos, pero nosotros, como defensores de derechos humanos, rompíamos y pasábamos por encima de ellos”.

En cierta ocasión, en la base militar se escucharon unas explosiones de bombas, granadas y ráfagas de metralleta. Rayito salió corriendo a ver qué sucedía. Los militares lo insultaban y le decían que se fuera. Él hizo una llamada a Bogotá y puso el teléfono en altavoz para denunciar que el Ejército se estaba inventando un enfrentamiento con la guerrilla.

“Éramos seis o siete en la casa y sólo podíamos traer cuatro libras de arroz, un litro de aceite, tres panelas. Uno podía hacer un mercado de cuarenta mil pesos cada 15 días. Salía uno a Segovia y a Remedios y eran los paracos pendientes de lo que se compraba. Teníamos doble retén. Matábamos alguna res y venía el Ejército a quitarla y a decir que eso era para la guerrilla”.
Rayito fue de los primeros habitantes de Lejanías. Sólo había selva y un par de casitas y se podía trabajar donde se quisiera. Empezó a llegar gente y crearon la junta de acción comunal. “Pasaron muchos años que vivimos alegres, sin preocupaciones. Estaba la guerrilla por ahí cerca, pero no pasaba nada. Tenemos que decir que aquí las FARC nunca nos mató un campesino. Todos los muertos los recibimos fue del Estado y los paramilitares”.

Reparación colectiva

El 18 de septiembre se hizo el acto de reconocimiento, por parte del Estado, a Cahucopana como víctima. En Lejanías se reunieron los líderes más antiguos de la Corporación, junto con los más jóvenes, para empezar un proceso de reparación nuevo en el país.

Hasta la fecha hay cuatro procesos nacionales de reparación colectiva que van a iniciar la implementación de medidas, pero ninguno ha culminado y no se sabe cuál será el resultado. Lo primero que hace el Estado es un proceso de alistamiento donde socializa con la comunidad víctima todo el camino que tendrá que recorrer. Al tiempo que se hace un acto simbólico de siembra de memoria y recuerdo de los seres queridos.

“Hay cosas que se pueden hacer y cosas que no dentro del proceso de reparación colectiva, y hay cosas que son irreparables y eso lo tiene claro el Estado”, dice Gina Jaimes, de la Unidad de Víctimas y encargada del proceso con Cahucopana.

Cahucopana toma la iniciativa de rendir declaración en la Defensoría del Pueblo. No es aceptada la primera vez. Hacen un segundo intento apoyados en el proceso de paz y vuelven a declarar. Ahí entran al plan de reparación dentro de los casos nacionales.

“Según el ideal de la Unidad, se piensa para cuatro años, según las medidas que se acuerden. Esto se hace en conjunto, todas las partes proponen. No podemos hacer justicia, restitución, ni indemnización. Sería entregar unas medidas de satisfacción”, agrega Gina.

La guerra no termina



Para quienes vivieron el conflicto es gratificante que el Estado reconozca que tuvo culpa en las violaciones de derechos humanos, por acción del Ejército o por la omisión a las denuncias de los campesinos.

Sin embargo esa paz que tanto reclaman en el campo no está siendo posible porque los atropellos aumentan. “En Lejanías se están presentando robos, violaciones, droga, corrupción, violencia intrafamiliar. Está entrando mucha gente de afuera a hacer daño”, dice con preocupación Óscar Macías, líder de Cahucopana y artista.

Y a Rayito le indigna que haya también abuso económico. Con la madera “llegan los que tienen plata y no preguntan cuánto vale, sino que se le va a pagar tanto, si quiere le vende, sino déjela ahí para leña, ¿y qué hace uno? Venderla. Se sabe que el que la está comprando se la está llevando toda”. Igual está pasando con el ganado, además de criminalizar la minería.

Al finalizar el evento de reconocimiento, las nuevas generaciones de Cahucopana hicieron un homenaje a los fundadores: Gerardo, Fanny, Macías y Rayito, y con emotividad estos entregaron a la juventud el trabajo de trece años luchando por las comunidades. “Es una alegría que fuimos nosotros los que rompimos trochas para protegernos y hoy le entregamos el legado a los jóvenes”, dice en medio de lágrimas Fanny García.